La misión de Dios

La misión nace en Dios
La misión cristiana no comienza con una organización, un programa ni con el deseo humano de expandir una iglesia; comienza en Dios. Desde Génesis observamos a Dios actuando para restaurar a una humanidad afectada por el pecado.
El llamado de Abraham revela que la elección divina tiene un propósito misionero: Dios bendice a una persona y forma un pueblo para que, mediante ellos, su bendición alcance a «todas las familias de la tierra» (Gn 12:3).
«El Señor le dijo a Abram: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te mostraré. Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!”».
— Génesis 12:1–3, NVI
Esta realidad encuentra su expresión culminante en Jesucristo. El Padre envía al Hijo para reconciliar al mundo consigo y, posteriormente, Cristo incorpora a sus discípulos a esa misión.
«¡La paz sea con ustedes! —repitió Jesús—. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes».
— Juan 20:21, NVI
Por consiguiente, la iglesia no posee una misión independiente; participa en la misión que pertenece a Dios. Christopher J. H. Wright resume esta perspectiva afirmando:
«No es tanto que Dios tenga una misión para su iglesia en el mundo, sino que Dios tiene una iglesia para su misión en el mundo».
Asimismo, David J. Bosch declara:
«La misión no es primordialmente una actividad de la iglesia, sino un atributo de Dios».
Esta comprensión transforma al Equipo Directivo de Misiones: su responsabilidad fundamental es discernir dónde Dios está obrando y movilizar a toda la iglesia para participar obedientemente en su propósito redentor.
Recomendaciones
Fundamentar toda iniciativa misionera en las Escrituras. Antes de diseñar actividades, proyectos o viajes, el equipo debe estudiar la Palabra, buscando comprender el propósito de Dios y orientar bíblicamente cada decisión misionera.
Evaluar los programas desde la misión de Dios. Revisar periódicamente cada actividad, preguntando si contribuye realmente a evangelizar, discipular, servir, enviar obreros y extender el testimonio de Cristo entre otros pueblos.
Formar una cultura misionera congregacional. Enseñar constantemente que las misiones no pertenecen solamente a un comité: cada creyente participa mediante la oración, el testimonio, la generosidad, el servicio, el envío y la disposición para ir.
Oración
Señor, ayúdanos a comprender que la misión nace en tu corazón y te pertenece. Danos discernimiento para reconocer tu obra, obediencia para responder a tu llamado y sabiduría para movilizar a toda la iglesia hacia las naciones. En Cristo, amén.
Referencias bibliográficas
- Christopher J. H. Wright, La misión de Dios: descubriendo el gran mensaje de la Biblia.
- David J. Bosch, Misión en transformación: cambios de paradigma en la teología de la misión.
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