Separados por la cortina

Separados por la cortina
«…teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo […], por el camino nuevo y vivo […], acerquémonos a Dios…»
Hebreos 10:19-22
Cuando mi vuelo alcanzó la velocidad de crucero, la aeromoza corrió la cortina que nos separaba de primera clase. Esto me recordó las marcadas diferencias entre los distintos sectores de los aviones. Algunos pasajeros suben primero y disfrutan de asientos más cómodos y un servicio personalizado. Aquella cortina era un recordatorio humillante de mi separación de esos beneficios.
Las divisiones excluyentes entre grupos de personas pueden encontrarse a lo largo de toda la historia. Incluso existían en el templo de Jerusalén, aunque no dependían de la posibilidad de pagar más. Los gentiles solo podían adorar en el patio exterior. Después estaba el patio de las mujeres y, aún más cerca, un área para los hombres.
Finalmente, el Lugar Santísimo —considerado el único sitio donde Dios se revelaba de manera exclusiva— estaba separado por una cortina que solamente el sumo sacerdote podía atravesar una vez al año (Hebreos 9:1-10).
La barrera fue eliminada
Pero esa separación ya no existe. Jesucristo eliminó por completo toda barrera que impedía el acceso a Dios, incluso nuestro pecado (Hebreos 10:17).
Así como el velo del templo se rasgó en dos cuando Cristo murió en la cruz (Mateo 27:50-51), su sacrificio quitó todo obstáculo que nos separaba de la presencia de Dios. No hay barrera que pueda impedir que los creyentes experimentemos el amor y la gloria del Dios vivo.
Dios, gracias porque Cristo abrió la puerta de acceso a ti.
Para reflexionar
¿Cómo te da confianza para adorar y orar el saber que la muerte de Cristo te concede acceso a Dios?
Tomado de Nuestro Pan Diario, pág. 114, vol. 26.
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